Cuando me deprimo, ordeno.
Muchas veces me he encontrado en ese momento en el que levantarse de la cama parece una odisea,
incluso después de haber tenido un día excelente, de hecho quizás esta sea la razón de ese mal, como
una especie de montaña rusa, en la que al llegar a algún punto alto, vemos todo lo que pasa alrededor
del parque de diversiones.
Antes iluso, pensaba que distrayendome se solucionaba. Entonces me freía el cerebro viendo alguna
estupidez en internet, videos de Youtube, series con líneas argumentales que tienen más lagunas que la
memoria de un enfermo de Alzheimer y obviamente las redes sociales, eran mis platos favoritos de ese
menú decadente. Sin embargo con el paso del tiempo he caído en la cuenta de que al evadir ese sentimiento
amargo, no lo destruía, más bien lo acumulaba en algún lugar de mi cuerpo (por no entrar en asuntos
metafísicos sobre la existencia del alma).
Así empecé entonces a “enfrentarme” -lo mismo se enfrenta un junco contra la corriente del río- a mis vacíos
existenciales, y a pesar de chocar infinidad de veces con la orilla, raspandome con la arena y viéndome
envuelto en llagas coloradas; fuí descubriendo (sigo en esa búsqueda) las mejores estrategias combativas.
Pero obviamente no es fácil combatir contra uno mismo, o con la consciencia de uno, que acaso no es lo
mismo. De hecho he llegado a la conclusión de que en este ámbito sensible, cada uno es su peor enemigo,
quien conoce no él, sino los múltiples talones de Aquiles, y de una manera que resulta si se quiere, masoquista,
se empeña incesantemente en hacerlos doler.
Las auto-terapias descubiertas usándome como conejillo de indias fueron paulatinamente mostrando resultados,
primero descubrí que ciertas compañías son excelentemente enriquecedoras, a pesar de que otras, sin necesaria
mala intención, no hacen más que intensificar nuestro descontento personificando la miseria humana.
Sin embargo, también fui cayendo en la cuenta de que la necesidad de los otros para “curarme” era un poco
egoísta y autocomplaciente pero por sobre todo, no era suficiente, ni el diálogo, ni las muestras de afecto; solo eran
tratamientos sintomáticos.
Por eso es que seguí buscando, entonces empecé a escribir, de muchas formas. A menudo voy cruzando un semáforo
en amarillo, o mirando una nube y por esas magias del universo aparece en mi mente una frase o un disparador, y busco
-con la ansiedad de un niño el día antes de su cumpleaños- la forma de registrarlo rápidamente, porque la memoria
instantánea no es una de mis virtudes.
El escribir, sea en una hoja o en una melodía, me llena bastante. El único problema es que a veces la situación central
de este texto, en la que según creemos nada mejor nos vendría que una muerte indolora, hace difícil llevar a cabo esa
especie de catarsis.
Tras variopintas pseudo-curas, he llegado a una conclusión: lo mejor que se puede hacer es mucho más simple. Solo
hay que juntar la voluntad necesaria para levantarse de la cama y ordenar intensivamente tu espacio personal, que
dado tu estado anímico, debe estar reflejando tu desorden mental. En el extremo caso de encontrar el cuarto previamente
ordenado, me di cuenta de que también funciona modificar el orden de los muebles: cruzar la cama de un lado a otro,
poner el escritorio como mesa de luz, sacar toda la ropa del placar y volver a doblarla. El punto es que el tratamiento
yace allí, en el espacio exterior al cuerpo.
No se dejen engañar, creo que en realidad todo lo que acabo de decir es una mentira, una excusa para escribir algo.
Tal vez hay una minúscula cuota de verdad, pero el hecho es que tengo mi cuarto ordenado, y sin embargo estoy desnudo
frente al espejo antes de bañarme, pensando escribir lo de que ordenar me ordena la mente, desahuciado pero atónito por
mi desabrida simpleza.
Como si uno pudiera forzar ese paralelismo psicocósmico en el que el control, la estabilidad y el orden de una habitación se
correlataran en un alma.
Como si - qué iluso- entre un par de medias usadas y las sábanas sucias, fuera a encontrar el sentido de mi pelotuda existencia.
Rodrigo
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